jueves, 22 de abril de 2010

En la cantina


En un primer momento parecía como si Calamaro estuviese allí junto a él, mirándole seriamente y con un teclado en medio del bar mientras le cantaba a sus desgracias amorosas.
Acababa de tomarse la sexta, pero toda su ira estaba concentrada en el brazo derecho que, después de apoyarlo sobre la mesa en un golpe seco, el vaso que tenía en su mano se transformó en una vidriera de cristales que le arañaban las manos. Hacía tiempo que el dueño le había amenazado con echarlo del local, pero cuando sólo tienes un cliente con el que lucrarte en un período corto de tiempo, hasta que los daños no sean mayores que los beneficios, nadie moverá un pelo.
Todo por culpa de aquella mujer que encontró en otro lo que no le daba él. O que simplemente se encontró a sí misma.
Seis copas no eran suficientes para olvidar y sus lágrimas, al menos, rebajaban los grados y el color rojo que acababa de crearse en la mesa mientras el sol comenzaba a colarse por entre las cortinas.

Se preguntaba qué habría hecho mal. Siempre le había dado todo lo que estaba a su alcance, habían compartido su piso, su vida. Ella era suya.


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Tan sólo unas horas antes su brazo derecho tenía esa misma ira contenida, esa rabia que empleaba en ella, para que supiese distinguir entre lo que estaba bien y lo que no. Como un padre pega un azote a su hijo, con la diferencia de que al pequeño no le va a volver a suceder porque, primero, ha aprendido que el mal no se debe hacer y segundo, porque su padre no vuelve a tocarle.
Ella no había hecho el mal, ni sería la última vez que él le pusiese la mano encima. Pero no lo sabía.


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martes, 20 de abril de 2010

20 de abril del 10


Hola chata ¿cómo estás?
No te desesperes, seguro que pronto puedes dormir en tu casa, aunque, por ahora, te quedes en Barajas. Otra opción puede ser viajar en autobús cuando suban quienes ya habían pedido billete antes.
Lo cierto es que muchos de nosotros ya hemos pasado por esto, no por el hotel del aeropuerto, pero sí por más de 48 horas recorriendo Europa por tierra. La diferencia está entre el ocio y el negocio.
Si vienes de vacaciones, con tranquilidad. Si vas, con más ganas puedes cogerlas después. Si eres jugador de fútbol, un buen masaje puede recompensar el recorrido, pero si trabajas fuera, quizás sería bueno matar el tiempo, hacerte amiga de tus compañeros de viaje y comprarte un gran número de juegos de mesa, chicles o somníferos.
Hay hechos que paran el mundo y si no es entero, la mitad. Muchos dicen que tantas precauciones no son necesarias, otros, que más vale prevenir que lamentar caídas en picado.
Y la tierra se está volviendo loca, o no.
Quizás somos nosotros quienes corremos más rápido que su propia rotación o que no sabemos ir con ritmo por la vida, a su ritmo. Aquellos actos que las personas no somos capaces de controlar, sean buenos o algo menos buenos, son actos inevitables. Como morir.
Por eso es mejor que aproveches el viaje, seguro que, al final, no te arrepientes de que haya sido tan largo.



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lunes, 19 de abril de 2010

Bajo la caldera


Aquí dentro hace mucho calor, pero no es culpa de la caldera. Creo que me estoy ahogando.
Antes de salir de aquí necesito abrir la ventana y alguna puerta también.
Ya está.
Me están mirando desde el otro lado. Es una mujer que sobrepasa la edad de jubilación por poco, tiene rulos en la cabeza y un cepillo en la mano. Creo que no sabe de dónde vienen los gritos, pero es mi prima que se ha pasado uno de los peores niveles de un juego absurdo de plantas y zombies que crea demasiada adicción. Se le oye desde el sofá. Aunque, ahora que lo pienso, no es este lado del edificio lo que le causa curiosidad, son las braguitas de una vecina. Vaya, por la forma en que las está mirado diría que en su casa la colada está muy lejos de parecerse a la de su compañera de al lado. Acaba de esconderse y ahora mira por detrás de la ventana, como yo, pero ella continúa observando la ropa interior. Yo me escondo. Creo que vuelve a salir; y ahora está mirando para todos los lados. Ya no me ve.
Está agarrando el cepillo de barrer por el lado de las cerdas y el otro extremo está sobrepasando los límites de su terraza hasta llegar al tendedero de al lado. Casi... casi... las cogió.
Las braguitas se deslizan por el palo del cepillo y en un movimiento reflejo, la vecina ha desaparecido con ellas entre los cristales.




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domingo, 18 de abril de 2010

Trece ochomiles... de mil en mil



Me gustaría tener el valor de Edurne. Sus ganas, su fuerza, su respiración y, sobre todo, su afán para no rendirse. Ojalá pudiera coronar, me conformo con uno, algún ochomil a lo largo de mi vida... ¿En las montañas de Oriente Medio? Puede ser. Martín Ramos casi lo consigue en el Karakórum de no ser por el tiempo. Aunque a mi madre le daría un infarto. Pero a mí la risa. Una chica que, en vez de hacer una corresponsalía, se mete por ocio en las montañas, según algunos, llenas de terroristas islámicos. O gente que te ayudaría.
Por ahora me conformaré con hacer "miles o dosmiles" en mi país. No sé si sería buen momento porque la nube de restos volcánicos se aproxima poco a poco, pero dicen, no se ve desde aquí abajo. Aún así, me encantaría experimentar qué se siente cuando uno llega a la cima. Me imagino que será igual que cuando terminas un duro trabajo, alcanzas la meta o te dan una buena noticia. Todo eso junto, pero mucho más excitante, estoy segura.
Con amigos y familiares hemos hecho muchas excursiones hasta llegar a las zonas más altas de alguna sierra castellanoleonesa. No tiene mucho que ver, pero por algo se empieza.
Ya me quedan menos metros.


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viernes, 16 de abril de 2010

Impotencia

A veces, es mejor desayunar con joyas de fantasía.
Con ellas tienes la garantía de que a nadie les van a interesar demasiado y así, no te intentarán robar, en cambio, los diamantes son muy golosos. Cualquiera puede darse cuenta de que los tienes e ir detrás de tí a por ellos. Eso si no has sido tú el que los ha mangado primero.
En esta vida hay gente que se queda con diamantes ajenos para poder disponer de toda clase de lujos o lo que es peor, para dar rienda suelta a la técnica del "aparentar".
Tengo impotencia de ver ciertas cosas que enfadarían a más de uno y no poderlas publicar, primero, por respeto, segundo porque no me gustaría meterme donde no me llaman. Pero si es justo que la gente conozca la verdad, entonces, simplemente me ataría la falta de más pruebas físicas, el título universitario y la experiencia.
Creo que así es como empieza uno a "hacer amigos" en esta profesión.
Yo me equivocaba-equivoco-equivocaré miles de veces a la hora de hacer ua u otra redacción y en miles de cosas más, pero la verdad es que el tiempo pone a cada uno en su lugar y las personas que no se conforman con joyas de fantasía para desayunar, después, puede que tomen dos tazas.



En cuestiones personales también existe cierta impotencia (esta es compartida) Conoces cosas de otros sujetos, tienes pruebas feacientes, pero también la suficiente templanza como para olvidar poco a poco. Porque, en este caso no hace falta publicar nada. Todos los implicados lo conocemos.
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jueves, 15 de abril de 2010

Dilema vegetal


Mi tía Conce me ha regalado una enredadera. La tengo en mi terraza.
Es una planta que, por ahora, tiene dos flores rojas y de la maceta salen unos palitos para que sus hojas sigan creciendo en ese sentido cuando crezcan.
Nunca antes había tenido una enredadera y no sé cómo cuidarla. En mi terraza da el sol durante casi todo el día y hasta algunos geranios se estropearon años atrás durante el verano.
Dicen que no es bueno regarlas mucho porque pueden pudrirse, pero con el sol y el calor seco del interior pueden llegar a tostarse.
Sería buena idea llenar el plato bajo la maceta para que guarde humedad, pero ahora está lloviendo. ¿Y si le desaparecen las flores? Sería una pena porque es lo más bonito de la planta.
Y tendré que abonarla alguna vez o quitarle los bichos que pueden salir en la tierra para que no se ponga enferma. ¿Y si viene un pájaro y le muerde las hojas? mi planta también podría desaparecer. Pero no la puedo meter en casa. Es una enredadera. Tampoco puedo dormir con ella porque me quitaría el oxígeno por las noches.
¿Y si crece tanto que llega a cubrir parte de la fachada? mis vecinos la cortarían. Además, una vez acabe la estación estival, en invierno podría helarse.

Pero no se puede morir. Tengo que cuidar mi planta. La planta que me regaló mi tía Conce. Eso está claro. Pero no sólo eso, debo hacer que, en vez de dos, cuente con más flores esta primavera. Para eso tendría que dejar de salir, dedicarme a cuidarla, no quedar con mis amigos. Cortar con mi pareja. Dejar la carrera.

¡Vaya! Sabía que el regalo de mi tía Conce era más que una planta. Lo que ella regala siempre es más que eso. ¿Sería capaz de hacer todo eso por la enredadera?
Yo no, es una pena.
Admiro a quienes son capaces de dejar tantas cosas importantes por hacer algo o cuidar a alguien que, para muchos, desgraciadamente, aún vale menos que un vegetal.

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