domingo, 18 de septiembre de 2011

Solo puede ser ella


"Querida sobri: parece que fue ayer cuando eras un cocolito y ya terminas la carrera ¡el tiempo es veloz!

Lucía, esta profesión con la que has soñado desde niña te dará muchas satisfacciones personales, espero que te deje una válvula de escape frente a la injusticia y la mentira, que también te facilite el cocido claro está. No olvides que no nos preparamos para ser felices mañana sino que tenemos que serlo hoy ¡el tiempo es oro! tu profesión es bonita, sacrificada, laboriosa... pero para que crezcas debe ser honesta. Te dará oportunidades y decepciones como cualquier otra, intenta luchar por la legalidad, tus principios y convicciones pues para ceder siempre queda tiempo. Espero que nunca olvides que estoy aquí. Un abrazo muy fuerte".

Conce

jueves, 8 de septiembre de 2011

Fiestas de cuento


En aquella noche las estrellas parecían más lejanas. Era un lugar oscuro y en ese mismo momento, el sonido de sus pasos corriendo a toda velocidad era el único audio que se escuchaba mientras las sombras de su cuerpo se proyectaban en las paredes. No podía gritar, ni siquiera respirar fuerte porque cualquier movimiento en falso podría delatarle, además, ya estaba cerca de aquel callejón oscuro y era el escondite perfecto. Pero el enemigo ya conocía sus maniobras y en un descuido, una fría mano comienza a golpear su espalda...
¡¡Ajá te he pillado, ahora te la velaass!!

Era el turno de buscar un nuevo juego, pero el sonido de las campanas de madrugada advirtió a los más pequeños que era la hora de descansar y por eso corrieron deprisa hacia sus casas, con alguna que otra caída, eso sí. Y es que aquellas calles traicionaban a los más veloces porque dejaban en las piernas una marca de recuerdo que se confundía entre asfalto y arena. Una vez en sus casas, los jóvenes del condado tomaban las calles con latas y canciones anunciando la llegada de la celebración. En los hogares, otros se quedaron preparando los banquetes y sobre todo, la bebida condimentada a base de vino, cítricos, azúcar y agua para que no faltase en ninguna de las bodegas ni en las casas de las familias, en esos momentos, nerviosas por que todo quedase listo.

Y así fue. Al día siguiente, el sacerdote del lugar preparó la eucaristía mientras le ayudaban los monaguillos más atrevidos y el coro, que estaba situado en la parte más alta de la iglesia y que contaba con diferentes voces e instrumentos para la ocasión, entonó aquellas melodías que había preparado para los oficios.
Aquel templo era especial porque se consideraba el monumento más emblemático del pueblo, de orígenes románicos, pero que muchos conocen realmente porque un rayo acabó con su torre años atrás. Menos mal que, de todos los vecinos del poblado, concretamente unos afanosos albañiles autóctonos se habían encargado de dejarla como nueva, restaurarla y convertirla en referente de todos los alrededores.

A la hora de la Santa Misa, toda la aldea vestía de gala. La cuesta empinada que comunicaba el templo religioso con el centro urbano se convirtió en una pasarela de encuentros, recuerdos, risas y carreras para contar todo lo que había sucedido durante un año entero. Y es que, a pesar de ser un pueblecito situado cerca de la capital, muchos de los habitantes tuvieron que dejar su casa para trabajar en otros lugares, por eso, cada año el reencuentro era tan especial, como especiales y envidiables eran los pocos agricultores que con el trabajo de sus manos y a la vez, sus nuevas tecnologías, todavía hacían que las tierras de ese lugar dieran los mejores frutos de la zona del vino, además los ganaderos habían sorprendido anos atrás a los niños en esas fiestas, dejándoles correr detrás de unos gurriatos resbaladizos y cuya captura era la tarea principal solo para ganar un gran premio que consistía en una bolsa llena de gominolas y dulces.

Durante el desfile hacia la taberna, antes de comer, un grupo de trobadores entonaba músicas tradicionales de la comarca y el sheriff dió por inaugurados los días de El Salvador. Había quienes con un corto y una tapa podían durar hasta la hora del almuerzo, y quienes necesitaban tres o cuatro de las grandes para ponerse a bailar y cantar con aquellos trobadores. Lo que muchos no sabían es que en la taberna central lo mejor de todo eran las cenas. Su churrasco, sus brasas y sus pulpos atraían a más forasteros que a los propios vecinos. Pero aquella no era hora de hablar de cenas, sino de bermús. Se comentaba por ahí que un cantante llamado el “Rubio” afinaba muy bien con su single “cocidito madrileño” en sus años mozos. Para aquellos que no creéis esta leyenda os invito a conocerlo en Youtube, junto a otro grupo de expertos en ceremonias preparando limonada que me he encontrado por ahí. Lo bueno sería no invitarle al concurso de karaoke porque sino tendría garantizado el primer puesto.


Pero sigamos con nuestra historia porque en esas horas en las que el sol picaba con más fuerza, el único alivio era el frescor de las casas donde echarse una siesta significaba un sueño que duraba horas... también es cierto que muchos jóvenes preferían bajar al parque y alejados del pueblo, contarse secretos y poder hacer de las suyas que a la vista de los padres, no era muy adecuado. Y si el calor mandaba, allí se montaba la guerra y no precisamente con pistolas sino con globos llenos de agua que llenaban de colores el suelo. Muchas monitoras y expertos en el jardín de infancia hacían más divertida la velada de los más pequeños y es que cuando en un lugar el 50 por ciento de los ciudadanos son gente menuda, uno debe replantearse si volverse ¿por qué no? un poco niño también.

Las bicicletas en el pueblo por supuesto que eran para el verano. Un arsenal de conductores de estas dos ruedas conocía de sobra el alfoz, desde el camino de la cruz hasta el cruce de la circumbalación pasando por la laguna de las coronas, la fuente de la Encina o Fuentesalgadas.

De repente, una caravana de forasteros comenzó a llenar de furgonetas la plaza central del poblado. De allí comenzaron a salir un toro de plástico con motor que se movía como loco, un conjunto de colchonetas llenas de aire para saltar hasta perder el equilibrio y un cañón con un líquido extraño que se convertía en espuma que hacía las delicias de pequeños y no tan pequeños.

Aunque los que preferían darle duro al coco, de forma distinta a la de aquel toro de plástico, se batían en duelo en la cantina central. Allí fluían las cartas sobre la mesa, junto con alguna copita para mejorar la concentración. Y todos trataban de demostrar su diestra en las cartas, aunque los altos puestos estuvieran ya cogidos por los valientes que se concentraban para derrotar a los forajidos de los pueblos vecinos.

Precisamente en gran número llegaban también aquellos forasteros que sin pasar por el centro del pueblo se concentraban con los mozos a las afueras para retarse, en ese caso, con un balón entre los pies. Todo en un campo desértico y sufriendo la gota gorda de una tarde de verano.
Mientras tanto, quienes no se atrevían con el deporte, comenzaban a preparar sus disfraces para la diversión vespertina.

Los paseos hasta la escuela eran obligados para los amantes del arte. Las piezas realizadas por los asociados durante todo un año se exponían a todos los públicos para conocer los avances, tanto en pintura como en bordados. También había quien aprovechaba para visitar a los familiares y amigos. En alguna ocasión, los encuentros eran muy emotivos, sobre todo cuando a las personas que más se les quiere habían dicho adiós en los últimos meses y con eso se empezaba una nueva etapa en la familia que dejaba el paso a las nuevas generaciones. Pero esos recuerdos siempre eran alegres y con la esperanza de que desde cualquier lugar, fuera donde fuera, alguien observaría contento el transcurso de estos días festivos.


Y entre juegos, reuniones y comida, el cuerpo ya pedía un baile, además, la limonada estaba dispuesta y la orquesta preparada para el repertorio. En aquel año se comentaba que la Danza Kuduro era uno de los bailes más demandados, en cambio, hay quienes preferían Iron Maidem, Metallica o temas de un tal Nirvana.
Con las bodegas animadas, las canciones populares también adquirían protagonismo y los reyes de estas cuevas enseñaban a los novatos retos de cartas, juegos de palabras y trabalenguas para confundirlos en cada trago. El estado de quienes salían al exterior era de notable felicidad en la cara, dispuestos en ocasiones a subir al escenario y mostrar su talento, bien con los músicos, bien con las pobres cantantes que sufrían la calorina.

Así transcurrieron los días en aquel poblado y las celebraciones, algunas veces con queimadas de los amigos de Galicia y otras con las comilonas en los merenderos municipales, se pudieron amenizar unas jornadas inolvidables para muchas de aquellas personas que simplemente, decidían compartir su tiempo de una forma diferente.


Lo verdaderamente importante era que cada una de ellas tenía su papel. Uno de los vecinos más conocidos prestaba año tras año su patio, situado cerca de la plaza central, con las paredes decoradas y una larga mesa de tablón para preparar grandes meriendas con amigos.

Cerca de la iglesia, las vecinas de la zona aportaban su grano de arena limpiando las telas del templo y cuidando a la vez de sus nietos. Los jóvenes que vivían aquí organizaban con la comisión la buena marcha de este lugar, e incluso un par de fotógrafos profesionales y un realizador de vídeo hubieran sido capaces de reportajear todas estas ceremonias.

Con el conjunto de arquitectos, biólogos, médicos y abogados, dependientes, administrativos, amas de casa y algunos ninis... este lugar hubiera podido ser una pequeña gran ciudad, que al menos lo era durante un período de tiempo. Estaba claro que solo unos pocos, pero con muchas ganas, podrían ser capaces de formar una fiesta que en otra ocasión y con más afluencia podría ser imposible.

Sólo un último apunte... parecía ser que el aquel lugar todo lo relacionado con la gastronomía era el plato fuerte de los festejos, que si arroz a la zamorana, que si preparo unas tortillas, que si frío unos pimientos que piquen para bajarlos al merendero...

Lo importente es agradecer que haya personas que, año tras año tengan tantas ganas de celebrar las fiestas que animen al resto a apuntarse y participar. Sino, miren a una servidora que después de haberle quitado el puesto al pregonero del año pasado no pudo deshacerse de su trono fijo en el balcón del chupinazo. Ahora bien, aviso que estas palabras quedan en el aire para que el siguiente valiente las recoja, se atreva el año que viene y disfrute tanto como yo mostrándoles todas las sensaciones, puntos de vista y recuerdos que me trae este lugar.

Día tras día llegó el final y todo se acabó. No quedaban luces, ni música, ni encuentros, ni alcohol ni banderines, todo quedó en un bonito recuerdo que ya esperaban con ansia para el año siguiente... pero ahora nosotros, quienes estamos aquí tenemos una ventaja: y es que todo esto que acabo de contaros aún no ha sucedido, es producto de vuestra imaginación y sólo el entusiasmo de cada uno lo hará realidad, así que amigos, disfrutad, reíd, vestid de fiesta, bebed y recordar! porque quedan cuatro días por delante para que todo el pueblo viva unas fiestas de cuento.


(Pregón fiestas Tardobispo 2011)

viernes, 2 de septiembre de 2011

Septiembre

Dosmilonce está siendo un año inolvidable en mi vida, desde que empezó hasta este momento, al menos. Alguien grande nos dejó, pero otras pequeñas cosas sucedieron y así parece ser la vida. Deseo seguir escribiendo aquí, lo haré de lo que todavía no he hecho, pero hasta septiembre no he sido capaz de sentar la cabeza, llamémoslo locura adolescente que aún tiene fuerza para mantener viva tanto la parte más irresponsable, como la cordura.
Sí, lo haré, seguiré escribiendo, porque después de muchas entradas de este blog que ahora leo después de un tiempo, me doy cuenta de que lo necesito, aunque nadie llegue a leerlo. (Mi profesor de Periodismo Cultural decía que todo el mundo escribía para que alguien lo leyese, puedo estar de acuerdo, pero después de un tiempo con este blog, le aseguro que las palabras escritas me sirven mucho más que si lo hubiese dejado todo en la memoria, aunque sólo sea yo el destinatario de mi propio mensaje) 
Continuar me ayuda sobre todo, a recordar cómo era y cómo pensaba, cómo hay cosas que no cambian nunca y cosas que podría deshechar, pero todas en recuerdos. 
Y septiembre es para mí como un enero, un comienzo (de curso). Un tiempo de reflexión que quiero aprovechar para sacar todo lo que ha sido este tiempo de paréntesis en mi blog.

Querido septiembre: a veces, cuando parece que se acaba lo bueno, puede que venga lo mejor.

viernes, 26 de agosto de 2011

Lo importante es otra cosa

Nos pasamos la vida haciendo planes, pensando en la forma de divertirnos, de ser felices. Durante horas y horas configuramos nuestros siguientes pasos sin darnos cuenta de que las manecillas mudas del reloj son nuestro verdadero tesoro. Un tesoro que tú nos has enseñado a valorar, dándole cuerda cada día, evitando que se parase su péndulo.
Pero hay veces que los planes escapan a ese artilugio de madera con números romanos que siempre esperará en el salón a que te subas en una silla a girar la manivela.
Tantas vueltas da la vida que no podemos predecir lo que nos pasara mañana, o si no… ¿no eras tú el que decías que tomar café, tostar pan y dormir en el suelo eran los placeres que disfrutábais los que allí estábais para combatir?
Sin embargo, el verdadero campo de batalla fue tu familia. Fuiste soldado en tierras del vino, un luchador del campo, el protector de la casa.
Esa casa que vio nacer a tus hijos, y que durante tantos años fue el escenario de fiestas y reuniones familiares. Si no apetecía cocido, no había alternativa posible para alimentarse. Pero eso sí, siempre había un plato para aquel que venía a visitarte.
Tú fuiste un segundo padre para cada uno de nosotros, nos acompañabas después del colegio, nos ayudabas incluso con las divisiones, sumas y restas, y por cada acierto recibíamos de premio una propina, caramelo de menta o un trocito de chocolate para merendar.
Ahora te debemos muchos de los consejos que nos has dado en la adolescencia, muchas veces sin necesidad de muchas palabras, como tú decías: “deja la charla consuelo, que una moza casadera no debe estar en la era si no está el sol en el cielo”.
Fuiste el sol para todos.
Ahora tu asiento sigue ahí y estaremos esperando a que vuelvas a reírte, que nos cuentes tus historias, aunque somos conscientes de que todo quedara en un recuerdo dulce y que ese asiento nadie más podrá llenarlo.
Hasta siempre y, como tú nos decías: salud y suerte.



viernes, 29 de julio de 2011

martes, 5 de julio de 2011

A mis compañeros mayores

Cuando somos jóvenes y comenzamos a dar los primeros pasos en una carrera universitaria parece que el tiempo no es suficiente para cumplir todos los deseos que tenemos en mente o las metas que deseamos proponernos. Tendemos a hacer todo pensando que tendrá una fecha de caducidad e intentamos comernos el mundo más rápido de lo que son capaces de aguantar nuestros pies. Sin embargo, para mí ha habido un momento dentro de esta etapa universitaria que me ha hecho pensar si realmente debemos preocuparnos tanto de las manecillas de un reloj inerte y mecánico o es momento de observar lo que tenemos alrededor y disfrutar de ello sin importar en qué momento va a desaparecer.

Cuando entré por primera vez en la clase intergeneracional sabía que no iba a ser una asignatura más a la que acudir para tomar notas de una teoría que nos sirviese para nuestro futuro, en mi caso, como comunicadora. Cada una de las personas que se sentaban en aquellos pupitres me enseñó que la vida no solo se aprende con un bolígrafo y un papel en la mano, sino que debemos vivir cada instante como si formase parte de una materia obligatoria y a la vez invisible de un plan de estudios que forma parte de cada uno de nosotros. El de nuestra propia madurez.

Los mayores son, sin lugar a dudas, la llave de una puerta a la experiencia, lo vivido y lo esperado. El pasado y el futuro. Son las voces que me han animado a terminar la carrera con un brote de esperanza pese a estar sumergidos en esta crisis que bien incita dejar todo atrás y replantearse una nueva vida.

Pero son los mayores quienes, cuando compartimos juntos trabajos, reflexiones y memorias en clase, nos hicieron ver que cada una de sus situaciones era un ejemplo de superación en la vida y que no podemos desperdiciar ni un trocito de la suerte que tenemos ahora los jóvenes de acceder a diferentes puntos, junto con los medios que se presentan a nuestro alcance.

Muchos dicen que se aprende de la experiencia, yo pienso que es mucho más sencillo ya que la mejor forma de conocer es escuchando. Estar atento a las historias de los demás enriquece las propias e incluso deja un sabor dulce de los recuerdos. Como el de aquel compañero que durante el primer año de asignatura relató su noviazgo con una mujer hermosa que tenía el nombre más feo del mundo. Y es que la belleza siempre ha sido más valiosa cuando uno la descubre por sí mismo.
La pérdida de un hijo, el amor del matrimonio después de tantos años o el recuerdo de unos padres trabajadores son solo algunas de las historias que de poco sirven para someter a examen al alumno dentro de un test de evaluación, pero son esenciales para examinarnos de humanidad, de atención y de empatía.

Después de dos años en los que he tenido la suerte de presenciar con más de treinta mayores la experiencia de compartir pupitre, muchos serían los recuerdos que metería en una maleta y llevaría conmigo a cualquier lugar en el que ahora me toque continuar la carrera, sin embargo, prefiero que todo eso quede en mi memoria, que un día pueda escribir un artículo siguiendo los consejos de alguno de ellos, que en un reportaje aparezcan sus caras o que las mejores noticias del mundo sean la consecuencia de sus actos dondequiera que estén. Porque si nosotros, los jóvenes, intentamos construir un futuro mejor o peor para parecernos a ellos el día de mañana, nuestros profesores de la vida, tengan la edad que tengan, aún tienen mucho que aportarnos.

(Libro intergeneracional. UPSA)

martes, 26 de abril de 2011

Aquellos festivales de Mallorca...


 "He sido el primero que he desayunado, ¡cómete un cagado!" gritaba Rubén en la entrada del buffet del Taurus al lado de aquellas gelatinas de fresa, kiwi y helados para desayunar mientras nosotros, con ojeras y la ropa blanca a medio poner nos disponíamos a tomar un poquito de leche con cola-cao para activarnos.
Éramos tan pequeños y nos creíamos tan grandes...
El festival de Mallorca era uno de los viajes más esperados por Doña Urraca, no era como las europeades, sino que íbamos en serio, un concurso, ni más ni menos. Nuestro grupo fue dos años, pero el primero sin duda lo recuerdo con mucho cariño. Aquel hotel en el que más de uno casi se parte la cara pasando de terraza en terraza, el jacuzzi y la piscina climatizada, el patio de kilómetros o las vistas al mar. 
Monkilito.
La boda de César y Estela, con Alberto de párroco.
Era todo un reto para nosotros poner esa fuerza y esas ganas en la actuación que finalmente nos costó el primer premio, además, teníamos que actuar en varios puntos de Palma, eso sí, sin agobios, porque la playa y los paseos por los chiringuitos también están presentes en mi memoria.
Hoy he vuelto a abrir el álbum de fotos y me he asustado de ciertas cosas, la primera, la ropa y los modelitos de hace ocho años. Todos muy guapos y veraniegos. La segunda, las caritas de niños que tenemos todos y el tiempo que ha pasado desde aquella foto en el pasillo.
Mallorca, al igual que otros viajes urracos, era el lugar de las vacaciones tras la Semana Santa, la oportunidad para ir sin papás de viaje o las ganas de seguir bailando.
Las ensaimadas recorriendo la cinta transportadora de maletas de Barajas.
Los georgianos que buscaban esposa para casarse. 
Las "buenas noches Lara".
Tengo muchos recuerdos vivos, como por ejemplo la entrega del trofeo al grupo y nuestras caras llorosas sin saber qué hacer. Pero otros algo más difuminados, como algunos lugares o zonas de la ciudad que ahora mismo me costaría reconocer.
Lo cierto es que todo mereció la pena.
El segundo año no fue tan glamouroso, pero recuerdo a unas compañeras de habitación ejemplares, aunque al principio, a Patricia y a mí nos tocara separarnos "por sorteo".

Ahora los urracos pequeños están en Mallorca y todos esos recuerdos vuelven otra vez a aflorar, espero que pasen tantas experiencias buenas como nosotros y, sin duda, tengan su merecido reconocimiento que estoy segura, lucharán por él.